Agustin Feuerhake

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No pienso ir a la Universidad

Mi amigo quedó impactado con la idea de su hijo de 18 años. No es que le parezca mal, me dijo. Después de todo...

La era de la flojera

"What do you do for a living?" Le pregunta un tipo a cada persona que ve en un auto deportivo o muy bien vestida. Son videos cortos grabados...

Mi amigo quedó impactado con la idea de su hijo de 18 años. No es que le parezca mal, me dijo. Después de todo él mismo es académico y les incentivó a sus hijos esa libertad de pensamiento. Cuando su hija de 16 le dijo que dejaría el colegio, le costó un poco más. Es que suena terrible. Sin cuarto medio no puedes ni obtener carnet de manejar. Ahora bien, quizás ni lo necesite. Un Uber o Cabify y listo. O más aún, en San Francisco ya le dieron permiso a Cruise para operar sus robotaxis, usas una app y te pasa a buscar un auto que se maneja solo. Con esto no quiero decir que salir de cuarto medio no sea relevante. Mi punto es que el mundo está cambiando tan rápido que muchas restricciones básicas están dejando de importar. Aunque alguien podría pensar que mi hija de 5 años, que ya aprendió que puede averiguar casi cualquier cosa buscando en internet, ya no necesita educación formal, yo no temo por la existencia de los colegios. Todavía necesita desarrollar el control emocional, trabajar en equipo, participar en una sociedad, moderar el ego y aprender a compartir, entre tantas habilidades más que adquieren los escolares. Sin embargo, sí pienso que las universidades pueden estar al borde de la disrupción. El asunto ya no es solo que internet esté lleno de charlas y expertos mundiales explicando muchísimo mejor que cualquier profesor que tengas la suerte de tener. Ni siquiera es porque hay cada vez más "bootcamps" o cursos rápidos que permiten reiniciar una carrera laboral, como el programa gratuito que Fintual lanzó en Puerto Natales hace poco como parte de sus esfuerzos por entrenar y reclutar nuevos programadores. Tampoco me refiero solamente al novedoso modelo de negocio de instituciones educacionales online que invierten en sus alumnos y solo les cobran una vez que consiguen su primer sueldo, como Lambda School o el más reciente emprendimiento chileno LarnU. Porque con todo lo anterior, todavía queda intacto el viejo argumento de que la Universidad te entrega una red, una comunidad. No importa si no aprendes nada nuevo en tu MBA, lo importante es que tus compañeros te abrirán nuevas puertas. Sin embargo, en los últimos años hemos visto cómo las aceleradoras de startups están logrando escalar sus modelos y a mi parecer sus comunidades se transforman cada vez más en una amenaza para las universidades tradicionales. Y Combinator acompañaba a un grupo de 15 personas en 2005, hoy está financiando y acelerando a cerca de 500 empresas cada semestre, con el 50% de sus "alumnos" provenientes desde fuera de Estados Unidos. En Chile Platanus Ventures ya acelera 30 startups al año y es notable el caso de Examedi, una de sus "egresadas": Sus fundadores congelaron la carrera universitaria para entrar al programa en 2021 y ayer anunciaron el levantamiento de 17 millones de dólares. Poco probable que la descongelen digo yo.

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"What do you do for a living?" Le pregunta un tipo a cada persona que ve en un auto deportivo o muy bien vestida. Son videos cortos grabados con celular donde la gente en la calle está feliz de contestar. Uno es un italiano que dice "no hago nada, mi papá me paga todo", el entrevistador se ríe nervioso, quizás por la falta de vergüenza o pensando que es una broma. Es en serio, dice. "¿Te aburres de tanta fiesta?" - "Por ahora no". Siempre me he preguntado cuáles serán esos cambios de paradigma de las nuevas generaciones que nos harán sentir viejos e incómodos. Esas convicciones, que pese a sonarnos obvias y evidentes, permitiremos que se pongan en duda al explicarlas y discutirlas con nuestros hijos. En otras palabras, ¿qué les toca discutir a los nuevos papás millenials, que pareciera que ya lo han visto todo? Yo creo que algo que definitivamente se pondrá en duda es lo que conocemos como "ética de trabajo", la creencia que el trabajo duro y diligente es una virtud y tiene un beneficio moral en las personas y la sociedad. El libro "La sociedad del cansancio" de Byung-Chul Han pareciera ser un primer pivote. El filósofo desarrolla muy bien cómo el positivismo extremo, la cantinela del "yo puedo hacerlo" nos lleva mediante la autoexplotación al agotamiento y la depresión sin posibilidad de encender alarmas a tiempo. Las ideas de Han me parecen el primer paso para avanzar hacia un mundo donde el "lo podemos lograr" deja de ser la convicción que nos lleva a todos adelante. Nos abre la puerta a la posibilidad de simplemente dejar esta idea de valor atado a la productividad. Hace algunos días vi "Hadestown", un musical de Broadway que cuenta la versión moderna del mito de Orfeo y Euridice. En el musical, Euridice, en lugar de morir accidentalmente, cae en el inframundo porque firma un contrato de trabajo con Hades por miedo a que su vida con el poeta y compositor Orfeo no podrá financiar su hambre. Además de una crítica al capitalismo es un ataque directo al valor del esfuerzo y el trabajo que lo sostienen. Aunque definitivamente otras generaciones de jóvenes al menos intentaron derrocar la idea del trabajo como algo ético y dignificante, pareciera que esta vez podría resultar la revuelta considerando que la tecnología al fin promete reemplazar la inteligencia humana. Si la promesa se cumple, lo que tocará a nuestros hijos es el ocio, aprender a disfrutarlo con gracia y entusiasmo, como ese italiano que no se aburre de la fiesta. No será fácil para algunos, puede que desate envidia en otros más viejos que sienten que su esfuerzo es lo que debe ser retribuido. Mi pronóstico es que quienes se adaptarán mejor a esta nueva realidad serán las personas que puedan relacionarse, fluir y expresarse artísticamente, sin culpa ni búsqueda de productividad.

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